La costumbre de beber vino como aperitivo es milenaria. Ya en el siglo V A.C. Hipócrates, el precursor de los médicos, prescribía una fórmula de vino que tuvo gran repercusión en Roma y que, aseguraba, estimulaba el apetito y alegraba el espíritu.
Sin embargo, los primeros testimonios fidedignos parecen ser los dados por un caballero errante, oriundo del Piamonte, que en su libro “I segreti del signor Alessio” cuenta que en Baviera probó una bebida elaborada por los cerveceros locales, que contenía extracto de ajenjo y aguardiente y se se tomaba antes de las comidas para estimular el apetito. La llamaban vermouth, ajenjo o absenta, en alemán arcaico.
Inspirado en ese líquido, el caballero creó una fórmula propia. No tenía ajenjo ni era un aperitivo, pero su autor lo llamó igual vermuth y más tarde, durante una estadía en París, lo transformó en vermouth. De ahí en más esta palabra, con diferentes variantes, se transformó en sinónimo de aperitivo, a pesar de que existen diversos aperitivos alcohólicos entre los vinos.
Con todo, recién en el siglo XVIII nace el verdadero vermouth, concebido por otro italiano, el turinés Carpano, que quiso elaborar una bebida que fuera vino y que al mismo tiempo no lo fuera. Este proveedor de la Casa Real de Cerdeña tuvo éxito y en 1786 inició la producción del vermouth o wemth, como bautizó a su creación.
La bebida comenzó a expedirse en el café de Monzú Marendazzo, situado en la Piazza del Castello, en Turín, y muy pronto el local se transformó, gracias al vermouth, en uno de los salones más concurridos del Reino. Tal es así que entre los años 1880 y 1915 se ganó el elogio de ser el café más famoso de toda Italia.