Este néctar fue de descubierto por los burgundos, pueblo germánico, en el año 45 a.C. y envasado en el S. XVIII, por el monje Dom Pérignon. Pero, un rol no menos importante lo cumplieron en el período terciario ciertas esponjas, animalitos y microorganismos cuyos sedimentos fabricaron el yeso conocido bajo el nombre de Belimita quadrata, ya que sólo con el grano de las viñas cultivadas en terrenos ricos en éste es posible obtener champagne de primera calidad.
A fines del S. I d.C., cuando Francia producía una cantidad considerable de vino espumoso, el emperador romano Domiciano ordenó destruir gran parte de los viñedos de la Champagne, causando un grave daño.
Los romanos vedaban a los bárbaros comsumir vino, por lo cual se presume que, las primeras incursiones de los francos estaban basadas en la necesidad de conseguir esa bebida. Por esta razón, cuando se intalaron en la Champagne mejoraron los viñedos.
Antes de la batalla con los visigodos, San Remigio entregó al rey franco Clodoveo un barril pequeño de vino champañés y le dijo que triunfaría si, antes del enfrentamiento, el recipiente no había sido vaciado. El rey y sus caballeros consumieron el vino en abundancia, pero a pesar de ello, por milagro, no se acabó y derrotaron al enemigo. Tal hecho fue determinante para la conversión de Clodoveo a la fe cristiana.
Durante los mil años siguientes a este rey el cultivo de las viñas estuvo a cargo de los monjes cenobios y el comercio del este vino creció. Pero, un hito importante en su historia fue que a Dom Pérignon se le ocurrió utilizar tapones hechos con corteza de alcornoque, para reemplazar los de madera con cáñamo untado con aceite. Logró así tapar hérmeticamente la botella y controlar la segunda fermentación, la cual transforma el vino en champagne.